Pequeña Em’ly
Había un sirviente en aquella casa, un hombre que, según entendí, solía estar con Steerforth y había entrado a su servicio en la Universidad, que en apariencia era un modelo de respetabilidad. Creo que jamás ha existido en su clase un hombre de aspecto más respetable. Era taciturno, de pisadas silenciosas, muy modoso en sus maneras, deferente, observador, siempre a mano cuando se le necesitaba y nunca cerca cuando no hacía falta; pero su gran mérito era su respetabilidad. No tenía un rostro flexible, más bien tenía el cuello rígido, una cabeza más bien firme y lisa con pelo corto adherido a los lados, una forma suave de hablar, con el tic peculiar de susurrar la letra S con tanta claridad que parecía usarla más que cualquier otro hombre; pero cada singularidad que poseía la volvía respetable. Si hubiera tenido la nariz al revés, la habría hecho respetable. Se rodeaba de una atmósfera de respetabilidad y caminaba seguro dentro de ella. Habría sido casi imposible sospechar que hacía algo indebido, era tan profundamente respetable. A nadie se le habría ocurrido ponerle una librea, era sumamente respetable. Haberle impuesto cualquier tarea desdorosa habría sido infligir un insulto gratuito a los sentimientos de un hombre sumamente respetable. Y de esto —noté— las sirvientas de la casa eran tan intuitivamente conscientes, que siempre hacían ellas mismas ese tipo de trabajo, por lo general mientras él leía el periódico junto al fuego de la despensa.
Un hombre más hermético no he visto jamás. Pero en esa cualidad, como en todas las demás que poseía, parecía solo ser más respetable. Incluso el hecho de que nadie conociera su nombre de pila parecía formar parte de su respetabilidad.