buen grado; y, mirando a través del cristal, la vi sentada haciendo sus labores. La vi, una criatura pequeñita y hermosísima, con los ojos azules y despejados que se habían asomado a mi corazón infantil, vueltos alegremente hacia otro de los hijos de Minnie que jugaba cerca de ella; con la suficiente terquedad en su rostro luminoso como para justificar lo que había oído; con mucho de la antigua y caprichosa timidez agazapada en él; pero sin nada en su lindo semblante, estoy seguro, que no fuera reflejo de bondad y de felicidad, y que no estuviera en un camino bueno y feliz.
La melodía que cruzaba el patio y que parecía no haberse detenido jamás —¡ay!, era la melodía que nunca se detiene— seguía resonando, suavemente, todo el tiempo.
—¿No le gustaría pasar —dijo el señor Omer— y hablar con ella? ¡Entre y háblele, caballero! ¡Póngase como en su propia casa!
Entonces me dio demasiada vergüenza hacerlo —temía confundirla a ella, y no temía menos confundirme a mí mismo—, pero me informé de la hora en que ella salía por la tarde, para que nuestra visita se programara en consecuencia; y despidiéndome del señor Omer, y de su bonita hija, y de sus pequeños hijos, me fui con mi querida y vieja Peggotty.
Aquí estaba ella, en la cocina de azulejos, ¡preocupada por la cena! En cuanto llamé a la puerta la abrió, y me preguntó qué se me ofrecía.
La miré con una sonrisa, pero ella no me devolvió la sonrisa. Jamás había dejado de escribirle, pero debían de haber pasado siete años desde la última vez que nos habíamos visto.
—¿Está el señor Barkis en casa, señora? —le dije, fingiendo hablarle con rudeza.