—El señor Micawber —dijo el señor Quinion— es conocido del señor Murdstone. Toma nota de pedidos para nosotros por comisión, cuando consigue alguno. El señor Murdstone le ha escrito acerca de su alojamiento y él lo recibirá como huésped.
—Mi dirección —dijo el señor Micawber— es Windsor Terrace, City Road. Yo... en resumen —dijo el señor Micawber, con el mismo aire distinguido y en otro acceso de confianza—, vivo allí.
Hice una reverencia ante él.
—Bajo la impresión —dijo el señor Micawber— de que vuestras peregrinaciones por esta metrópoli no han sido todavía extensas, y de que podríais tener alguna dificultad para penetrar en los arcanos de la Babilonia Moderna en dirección a City Road... en resumen —dijo el señor Micawber, en otro alarde de confianza—, de que podríais perderos, tendré el gusto de pasar esta tarde a buscaros y poneros al corriente del camino más corto.
Le agradecí de todo corazón, pues fue un gesto amable de su parte ofrecerse a tomarse esa molestia.
—¿A qué hora —dijo el señor Micawber— debo...
—Más o menos a las ocho —dijo el señor Quinion.
—Alrededor de las ocho —dijo el señor Micawber—. Le deseo muy buenos días, señor Quinion. No molestaré por más tiempo.
Así que se puso el sombrero y salió con el bastón bajo el brazo: muy erguido y tarareando una melodía una vez que estuvo lejos de la oficina.
El señor Quinion me contrató entonces formalmente para que fuera lo más útil posible en el almacén de Murdstone y Grinby, por un salario, creo, de seis chelines a la semana. No tengo claro si eran seis o siete. Me