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nydus/David CopperfieldPublic
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XLIX. Me envuelve el misterio

abría paso a golpes hasta alcanzarlo, se lanzaba hacia él en estado de desvanecimiento y lo soltaba con una vehemencia poco menos que maravillosa, resultaba espantosa; pero ahora, cuando se dejó caer en una silla, humeante, y nos miró, con todos los colores posibles en el rostro que no pintaban nada allí, y una procesión interminable de bultos que se sucedían a toda prisa por su garganta, desde donde parecían dispararse hacia su frente, tenía el aspecto de encontrarse en las últimas. Habría acudido en su auxilio, pero me hizo un gesto para que me apartara y no quiso oír una sola palabra.

«¡No, Copperfield!⁠—Ninguna comunicación⁠—a⁠—hasta⁠—la señorita Wickfield⁠—a⁠—reparación de los agravios infligidos por un canalla consumado⁠— ¡Heep!» (Estoy convencido de que no habría podido pronunciar tres palabras de no ser por la asombrosa energía que esta palabra le inspiraba cuando sentía que se acercaba). «Secreto inviolable⁠—a⁠—de todo el mundo⁠—a⁠—sin excepciones⁠—en hoy ocho días⁠—a⁠—a la hora del desayuno⁠—a⁠—todos presentes⁠—incluida la tía⁠—a⁠—y caballero sumamente amistoso⁠—en el hotel de Canterbury⁠—a⁠—donde⁠— la señora Micawber y un servidor⁠—Auld Lang Syne en coro⁠—y⁠—a⁠—expondré a intolerable rufián⁠— ¡Heep! Nada más que decir⁠—a⁠—ni que escuchar persuasiones⁠—váyase inmediatamente⁠—incapaz⁠—a⁠—de soportar compañía⁠—tras la pista de devoto y condenado traidor⁠— ¡Heep!»

Con esta última repetición de la palabra mágica que lo había mantenido en pie y en la que superó todos sus esfuerzos anteriores, el señor Micawber salió precipitadamente de la casa, dejándonos en un estado de entusiasmo, esperanza y asombro que nos redujo a una condición poco mejor que la suya. Pero aun entonces su pasión por escribir cartas era demasiado fuerte para resistirla; pues mientras aún estábamos en la cumbre de nuestro entusiasmo, esperanza y asombro, me hicieron llegar la siguiente nota pastoril desde una taberna cercana, en la que se había detenido para escribirla:⁠—

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