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nydus/David CopperfieldPublic
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XI. Comienzo a ganarme la vida por mi cuenta, y no me gusta

En estos momentos, el señor Micawber se mostraba consumido por el dolor y la humillación, hasta el punto (según supe en una ocasión por un grito de su mujer) de hacer amagos de cortarse con una navaja de afeitar; pero media hora después, se lustraba los zapatos con esmero extraordinario y salía tarareando una melodía con un aire de hidalguía mayor que nunca.

La señora Micawber era igual de elástica. La he conocido caer en desmayos por los impuestos del rey a las tres, y comer chuletas de cordero empanadas y beber cerveza tibia (pagadas con dos cucharillas que habían ido a parar al empeño) a las cuatro.

En cierta ocasión, cuando acababan de embargarles la casa, al volver a casa por casualidad tan temprano como a las seis, la vi tendida (por supuesto, con un mellizo) bajo la chimenea en un desmayo, con el pelo revuelto por toda la cara; pero nunca la he conocido más alegre de lo que estuvo, esa misma noche, ante una milanesa de ternera junto al fuego de la cocina, contándome historias de su papá y su mamá, y de la gente con la que solían juntarse.

En esta casa, y con esta familia, pasaba mi tiempo libre.

Mi propio desayuno exclusivo, consistente en una hogaza de un penique y una ración de leche por otro penique, me lo procuraba yo mismo. Guardaba otra hogaza pequeña y una miaja de queso en un estante determinado de un armario determinado, para cenar cuando volvía por la noche.

Esto mermaba los seis o siete chelines, bien lo sé; y yo estaba en el almacén todo el día, y tenía que mantenerme con ese dinero toda la semana.

¡Desde el lunes por la mañana hasta el sábado por la noche, no tuve consejos, ni asesoramiento, ni aliento, ni consuelo, ni ayuda, ni apoyo de ningún tipo por parte de nadie que pueda recordar, así espero ir al cielo!

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