Que cuando la señorita Murdstone la apresó y se la llevó, ella me sonrió y me dio su deliciosa mano. Que alcancé a verme en un espejo con aspecto perfectamente imbécil e idiótico. Que me fui a la cama en un estado de ánimo de lo más sensiblero y me levanté en plena crisis de débil encaprichamiento.
Era una hermosa y temprana mañana, y pensé que iría a dar un paseo por uno de aquellos caminos cubiertos de alambre en forma de arco, y a dar rienda suelta a mi pasión recreándome en su imagen. De camino por el vestíbulo, me encontré con su perrito, que se llamaba Jip —abreviatura de Gipsy—. Me acerqué a él con ternura, pues amaba hasta al animal; pero me enseñó toda la dentadura, se metió debajo de una silla expresamente para gruñir y no quiso saber nada de la más mínima familiaridad.
El jardín era fresco y solitario. Paseaba de un lado a otro, preguntándome cuáles serían mis sentimientos de dicha si pudiera llegar a comprometerme con esta querida maravilla.
En cuanto al matrimonio, la fortuna y todo eso, creo que entonces era casi tan inocentemente ingenuo como cuando amaba a la pequeña Em’ly.
Que se me permitiera llamarla «Dora», escribirle, adorarla y venerarla, tener razones para pensar que, cuando estaba con otras personas, aun así se acordaba de mí, me parecía la cumbre de la ambición humana; estoy seguro de que era la cumbre de la mía.
No cabe duda alguna de que era un joven pazguato y melancólico; pero había en todo esto una pureza de corazón que me impide conservar un recuerdo del todo despectivo, por mucho que me ría.
No llevaba mucho tiempo caminando, cuando doblé una esquina y me la encontré. Vuelvo a estremecerme de pies a cabeza al recordar esa