Su rostro honesto, al mirarme con una sacudida de cabeza seriocómica, me impresiona más en el recuerdo que en la realidad, pues a estas alturas me encontraba en un estado de tan excesiva trepidación y confusión mental, que era incapaz de fijar mi atención en nada.
Al acercarnos a la casa donde vivían las señoritas Spenlow, mi cotización en cuanto a aspecto personal y presencia de ánimo estaba tan por los suelos, que Traddles me propuso un suave estimulante en forma de un vaso de cerveza ale. Una vez administrado esto en una taberna vecina, me condujo, con pasos tambaleantes, hasta la puerta de las señoritas Spenlow.
Tuve la vaga sensación de estar, por decirlo así, en exhibición, cuando la criada abrió la puerta; y de tambalearme, de algún modo, a través de un recibidor con un barómetro de pared, hacia un saloncito tranquilo en la planta baja, con vistas a un jardín bien cuidado.
- También de sentarme aquí, en un sofá, y ver cómo el pelo de Traddles se alborotaba, ahora que se había quitado el sombrero, como una de esas figuritas impertinentes hechas de muelles que saltan de las tabaqueras de broma al abrir la tapa.
- También de oír un reloj de pared antiguo tictaqueando en la chimenea, y de intentar hacer que marcara el compás de los latidos de mi corazón, cosa que no conseguía.
- También de mirar alrededor de la habitación en busca de cualquier señal de Dora, y no ver ninguna.
- También de pensar que Jip ladró una vez a lo distancia, y fue ahogado al instante por alguien.
Por último, me encontré arrinconando a Traddles contra la chimenea y haciendo reverencias con gran confusión ante dos mujercitas secas y mayores, vestidas de negro, y cada una con un parecido asombroso con una preparación en viruta o curtido del difunto señor Spenlow.
“Le ruego”, dijo una de las dos damitas, “que tome asiento”.