—Sí —dijo el señor Micawber—. Tiene una voz de cabeza notable y empezará como corista. Nuestra residencia en Canterbury, y nuestras relaciones locales, le permitirán sin duda aprovechar cualquier vacante que pueda surgir en el cuerpo de la Catedral.
Al volver a mirar al señor Micawber, vi que tenía cierta expresión en el rostro, como si su voz estuviera detrás de sus cejas; de donde al parecer salió poco después, cuando nos cantó (como alternativa entre eso y la cama) «El pájaro carpintero repiqueteando».
Tras muchos cumplidos por esta actuación, entablamos una conversación general; y como estaba demasiado lleno de mis desesperados propósitos para guardarme mis circunstancias alteradas, se las hice saber al señor y a la señora Micawber. No puedo expresar cuán sumamente encantados estaban ambos con la idea de que mi tía estuviera en dificultades; y cuán cómodos y amistosos los hizo sentir aquello.
Cuando ya casi habíamos llegado al último cuenco de ponche, me dirigí a Traddles y le recordé que no debíamos separarnos sin desear a nuestros amigos salud, felicidad y éxito en su nueva etapa.
Le rogué al señor Micawber que nos llenara las copas hasta el borde y propuse el brindis como mandaba la regla: estrechándole la mano por encima de la mesa y besando a la señora Micawber para conmemorar tan memorable ocasión. Traddles me imitó en lo primero, pero no se consideró un amigo lo suficientemente antiguo como para aventurarse en lo segundo.
—Mi querido Copperfield —dijo el señor Micawber, incorporándose con uno de los pulgares en cada uno de los bolsillos de su chaleco—, el compañero de mi juventud —si se me permite la expresión—, y mi estimado amigo Traddles —si se me permite llamarle así—, me permitirán, en nombre de la señora Micawber, el mío propio y el de nuestra prole, agradecerles en los términos más cálidos y rotundos sus buenos deseos.