Transportamos el marisco, o el «aperitivo», como el señor Peggotty lo había llamado modestamente, hasta nuestra habitación sin ser vistos, y aquella noche nos dimos una gran cena.
Pero Traddles no logró salir bienparado del asunto. Era demasiado desgraciado incluso para salir de una cena como cualquier otro. Cayó enfermo por la noche —quedó totalmente postrado— a causa del cangrejo; y tras ser atiborrado de pócimas negras y píldoras azules hasta un extremo que Demple (cuyo padre era médico) aseguró que era suficiente para arruinar la constitución de un caballo, recibió unos-gaznatones y seis capítulos del Nuevo Testamento en griego por negarse a confesar.
El resto del medio año es un revoltijo en mi memoria de la lucha y el batallar cotidianos de nuestras vidas; del verano que menguaba y el cambio de estación; de las mañanas heladas en que nos hacían levantar al toque de campana, y el olor frío, fríísimo, de las noches oscuras en que nos mandaban a la cama también al toque de campana; de la clase vespertina tenuemente iluminada y tibiamente calentada, y la clase matutina que no era más que una gran máquina de tiritar; de la alternancia de buey cocido con buey asado, y cordero cocido con cordero asado; de tostones de pan con mantequilla, libros de texto con orejas de perro, pizarras agrietadas, cuadernos manchados de lágrimas, palmetazos, reglazos, cortes de pelo, domingos lluviosos, budines de sebo y una atmósfera sucia de tinta que lo envolvía todo.
Bien recuerdo, sin embargo, cómo la lejana idea de las vacaciones, tras parecer durante un tiempo inmenso un punto estacionario, empezó a venir hacia nosotros, y a crecer y crecer. * Cómo de contar meses pasamos a semanas, y luego a días; * y cómo entonces empecé a temer que no vendrían a buscarme y, cuando supe por Steerforth que habían venido a buscarme