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nydus/David CopperfieldPublic
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XLV. El señor Dick cumple las predicciones de mi tía

Me daba cuenta de que el señor Dick estaba de pie en la sombra de la habitación, guardando su navaja, cuando la acompañamos al estudio; y de que mi tía se frotaba la nariz con violencia por el camino, como un suave desahogo a su intolerancia hacia nuestro amigo militar; pero quién entró primero al estudio, o cómo la señora Markleham se acomodó en un instante en su sillón orejero, o cómo mi tía y yo acabamos quedándonos juntos cerca de la puerta (a menos que sus ojos fueran más rápidos que los míos y me retuviera), lo he olvidado, si es que alguna vez lo supe.

Pero esto sí lo sé: que vimos al Doctor antes de que él nos viera a nosotros, sentado en su mesa, entre los volúmenes en folio que tanto le apasionaban, apoyando la cabeza con tranquilidad sobre la mano.

Que, en ese mismo instante, vimos deslizarse a la señora Strong, pálida y temblorosa.

Que el señor Dick la sostenía del brazo.

Que él puso su otra mano sobre el brazo del Doctor, haciendo que este levantara la vista con aire distraído.

Que, al mover el Doctor la cabeza, su esposa se dejó caer de rodillas a sus pies y, con las manos levantadas en actitud suplicante, fijó en el rostro de él aquella mirada memorable que nunca había olvidado.

Que al ver esto la señora Markleham dejó caer el periódico y se quedó mirando más como el mascarón de proa de un barco que se llamara El Asombro, que como cualquier otra cosa que pueda imaginar.

La gentereza de los modales del Doctor y su sorpresa, la dignidad que se mezclaba con la actitud suplicante de su esposa, la amable inquietud de Mr. Dick y la seriedad con la que mi tía se dijo a sí misma: «¡Ese hombre, loco!» (expresando triunfalmente la miseria de la que lo había salvado), lo veo y lo escucho, más que recordarlo, mientras escribo sobre ello.

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