vencía. Esto ha ocurrido en la práctica. Pero, en general, el señor Micawber no ha tenido secretos para el seno del afecto —me refiero a su esposa— e invariablemente, al retirarnos a descansar, ha recordado los acontecimientos del día. “Se imaginará usted, mi querido señor Copperfield, cuán desgarradores deben de ser mis sentimientos cuando le comuniqué que el señor Micawber ha cambiado por completo. Es reservado. Es secreto. Su vida es un misterio para la compañera de sus alegrías y pesares —me refiero de nuevo a su esposa— y si le aseguro que, aparte de saber que la pasa de la mañana a la noche en la oficina, hoy sé menos de ella que del hombre del sur, vinculado a cuya boca los niños irreflexivos repiten un cuento vano acerca de las gachas de ciruela frías, adoptaría una falacia popular para expresar un hecho real. “Pero eso no es todo. El señor Micawber está hosco. Es severo. Está distanciado de nuestro hijo e hija mayores, no siente orgullo por nuestros mellizos, mira con ojos de frialdad incluso al inocente desconocido que hace poco pasó a ser miembro de nuestro círculo. Los recursos económicos para sufragar nuestros gastos, reducidos hasta el último céntimo, se los arranco con gran dificultad, e incluso bajo terribles amenazas de que se Liquidará a sí mismo (la expresión exacta); y se niega inexorablemente a dar explicación alguna de esta desconcertante conducta. “Esto es difícil de soportar. Esto es desgarrador. Si quiere aconsejarme, conociendo mis débiles facultades tales como son, sobre cómo cree que sería mejor desplegarlas en una coyuntura tan insólita, añadirá una
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