página que Jip había vuelto ilegible la noche anterior y llamaba a Jip para que viera sus fechorías. Esto daba pie a que Jip se saliera con la suya de algún modo y, tal vez, a que se manchara la nariz de tinta como castigo. Después le ordenaba a Jip que se echara en la mesa al instante, «como un león» —que era uno de sus trucos, aunque no puedo decir que el parecido fuera asombroso— y, si estaba de humor obediente, obedecía. Luego tomaba una pluma, empezaba a escribir y encontraba un pelo. Después tomaba otra pluma, empezaba a escribir y descubría que salpicaba. Luego tomaba otra pluma, empezaba a escribir y decía en voz baja: «¡Ay, es una pluma parlanchina y va a molestar a Doady!». Y entonces daba el asunto por imposible y guardaba el libro de cuentas, tras fingir que aplastaba al león con él.
O bien, si se hallaba en un estado de ánimo muy tranquilo y serio, se sentaba con las tablillas y una cestita de cuentas y otros documentos, que parecían más bien papelillos para rizos que otra cosa, y se esforzaba en sacar algún resultado de ellos. Tras comparar severamente unos con otros, hacer anotaciones en las tablillas, borrarlas