—¡Es una ilusión de lo más inexplicable! —exclamó la señorita Murdstone.
—Solo digo —continuó, dirigiéndose a mí—, que desapruebo que prefieras semejante compañía como la de la señora Peggotty, y que hay que abandonarla. Ahora, David, me entiendes y sabes cuál será la consecuencia si dejas de obedecerme al pie de la letra.
Lo sabía bien —mejor tal vez de lo que él creía, en lo que respecta a mi pobre madre—, y le obedecí al pie de la letra. No me retiré más a mi propia habitación; no me refugié más con Peggotty, sino que me sentaba fatigosamente en el salón día tras día, esperando con anhelo la noche y la hora de acostarme.
¡Qué fastidiosa restricción hube de soportar, sentado en la misma postura horas y horas, con miedo a mover un brazo o una pierna no fuera a ser que la señorita Murdstone se quejara (como lo hacía por el más mínimo pretexto) de mi inquietud, y con miedo a mover un ojo no fuera a posarse en alguna mirada de aversión o escrutinio que hallara nuevo motivo de queja en la mía!
¡Qué intolerable hastío estar sentado escuchando el tic-tac del reloj; y observando las pequeñas cuentas de acero brillante de la señorita Murdstone mientras las ensartaba; y preguntándome si alguna clase de matrimonio le aguardaría alguna vez, y en tal caso, con qué clase de hombre infeliz; y contando las divisiones en la moldura de la repisa de la chimenea; y divagando, con los ojos, hacia el cielo raso, entre los rizos y tirabuzones del papel de la pared!
¡Qué paseos daba yo a solas, por senderos embarrados, con mal tiempo invernal, cargando con aquella salita, y con el señor y la señorita Murdstone dentro, a todas partes: una carga monstruosa que me veía obligado a soportar, una pesadilla diurna que no había forma de domar, ¡un peso que rondaba por mi mente y la embotaba!