distraía al observar que el joven avispado salía de la habitación muy a menudo, y que su sombra aparecía siempre, inmediatamente después, en la pared del vestíbulo, con una botella en la boca. La «jovencita» también me causó cierta inquietud: no tanto por descuidar el lavado de los platos, como por romperlos. Pues, como tenía una disposición inquisitiva y era incapaz de limitarse (tal como eran sus estrictas instrucciones) a la despensa, se asomaba constantemente a mirarnos, imaginándose siempre que la habían descubierto; creencia bajo la cual, se retiró varias veces sobre los platos (con los que había pavimentado cuidadosamente el suelo), causando una gran destrucción.
Estos, sin embargo, eran pequeños inconvenientes, y fáciles de olvidar cuando se retiraba el mantel y se ponía el postre en la mesa; momento del banquete en el que se descubría que el avispado joven era incapaz de articular palabra.
Dándole instrucciones en privado para que buscara la compañía de la señora Crupp y trasladara también a la «jovencita» al sótano, me entregué al disfrute.
Comencé mostrándome singularmente alegre y jovial; toda suerte de cosas medio olvidadas de qué hablar acudieron raudas a mi mente y me hicieron explayarme de un modo de lo más insólito.
Me reí de buena gana con mis propios chistes y con los de todos los demás; llamé al orden a Steerforth por no pasar el vino; hice varios planes para ir a Oxford; anuncié que pensaba dar una cena exactamente igual a aquella, una vez por semana, hasta nuevo aviso; y tomé con frenesí tanto rapé de la tabaquera de Grainger que me vi obligado a retirarme a la despensa para sufrir un ataque privado de estornudos de diez minutos de duración.
Continué pasando el vino cada vez más deprisa, y levantándome continuamente con un sacacorchos para abrir más vino, mucho antes de