“Naturalmente que sería preferible —dijo Steerforth—, y hágalo ahora mismo”.
El camarero se retiró inmediatamente para hacer el cambio. Steerforth, muy divertido con el hecho de que me hubieran metido en el cuarenta y cuatro, volvió a reírse, me dio otra palmada en el hombro y me invitó a desayunar con él a la mañana siguiente a las diez; una invitación que acepté sintiéndome más que orgulloso y feliz.
Como ya era bastante tarde, tomamos nuestras velas y subimos, y nos despedimos con cordial amistad ante su puerta; allí encontré que mi nueva habitación mejoraba muchísimo a la anterior, ya que no tenía nada de humedad y contaba con una enorme cama con dosel que era como un pequeño latifundio.
Aquí, entre almohadas suficientes para seis, no tardé en quedarme dormido en un estado de beatitud, y soñé con la antigua Roma, con Steerforth y con la amistad, hasta que los primeros coches de posta de la mañana, retumbando al salir por el soportal de abajo, me hicieron soñar con truenos y dioses.