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nydus/David CopperfieldPublic
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IV. Caigo en desgracia

que me duela el costado.

Sí, y otra vez, mientras caminamos hacia casa, noto que algunos vecinos miran a mi madre y a mí, y susurran.

Otra vez, mientras los tres avanzan del brazo, y yo me quedo atrás a solas, sigo algunas de esas miradas y me pregunto si el paso de mi madre no será en verdad tan ligero como lo he visto, y si la alegría de su belleza se habrá desvanecido casi por completo entre preocupaciones.

Otra vez, me pregunto si alguno de los vecinos recuerda, como yo, cómo solíamos caminar juntos a casa, ella y yo; y me quedo pensando tontamente en eso, durante todo el sombrío y desolado día.

Se había hablado alguna vez de mi marcha a un internado. El señor y la señorita Murdstone habían sido los instigadores, y mi madre, por supuesto, había estado de acuerdo con ellos. Sin embargo, todavía no se había decidido nada al respecto. Mientras tanto, yo aprendía las lecciones en casa. ¡Podré olvidar alguna vez aquellas lecciones! Eran presididas nominalmente por mi madre, pero en realidad por el señor Murdstone y su hermana, que siempre estaban presentes y aprovechaban la ocasión para darle a mi madre lecciones sobre esa mal llamada firmeza que era la ruina de las vidas de ambos. Creo que me retenían en casa con ese propósito. Yo había tenido bastante facilidad para aprender, y bastante buena voluntad, cuando mi madre y yo habíamos vivido solos el uno con la otra. Puedo recordar vagamente haber aprendido el abecedario junto a sus rodillas. Todavía hoy, cuando contemplo las gordas letras negras del silabario, la desconcertante novedad de sus formas y la fácil bonhomía de la O, la Q y la S parecese que vuelven a presentarse ante mí tal como

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