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nydus/David CopperfieldPublic
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XXII. Algunas escenas viejas y algunas personas nuevas

—Lo intentaré —dijo Martha—, si me ayudas a marcharme. Nunca podré hacerlo peor de lo que lo he hecho aquí. Tal vez lo haga mejor. ¡Oh! —con un escalofrío terrible—, ¡sácame de estas calles, donde todo el pueblo me conoce desde que era niña!

Mientras Em’ly le tendía la mano a Ham, le vi poner en ella una pequeña bolsa de lona. Ella la tomó, como si creyera que era su monedero, y dio un paso o dos hacia adelante; pero al percatarse de su error, volvió adonde él se había retirado, cerca de mí, y se la mostró.

—Todo es tuyo, Em’ly —pude oírle decir—. ¡No tengo nada en todo el mudo que no sea tuyo, hija mía! ¡No me causa ninguna alegría, salvo por ti!

Las lágrimas brotaron de nuevo en sus ojos, pero se apartó y fue hacia Martha. Lo que le dio, no lo sé. La vi inclinándose sobre ella, poniéndole dinero en el pecho. Le susurró algo, mientras le preguntaba si era suficiente.

—Más que suficiente —dijo la otra, y tomó su mano y la besó.

Entonces Marta se levantó y, envolviéndose en su chal, cubriéndose el rostro con él y llorando desconsoladamente, se fue despacio hacia la puerta.

Se detuvo un momento antes de salir, como si fuera a decir algo o a volverse atrás; pero ninguna palabra cruzó sus labios.

Emitiendo el mismo gemido bajo, lúgubre y desdichado en su chal, se marchó.

Al cerrarse la puerta, la pequeña Em’ly nos miró a los tres deprisa, ocultó la cara entre las manos y rompió a sollozar.

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