podido leer la historia de su sobrina, si no hubiera sabido nada de ella. Jamás vi, ni en pintura ni en la realidad, el horror y la compasión combinados de forma tan impresionante. Temblaba como si fuera a caerse; y su mano —la toqué con la mía, pues su aspecto me alarmaba— estaba mortalmente fría.
—Está en un estado de frenesí —le susurré—. Hablará de otra manera dentro de poco.
No sé qué habría dicho en respuesta. Hizo algún movimiento con la boca y pareció creer que había hablado; pero solo la había señalado con la mano extendida.
Un nuevo acceso de llanto la sacudió entonces, durante el cual volvió a ocultar el rostro entre las piedras y quedó ante nosotros, como una imagen yacente de humillación y ruina. Sabiendo que este estado debía pasar antes de que pudiera hablarle