Recuerdo haberme detenido una vez, con una especie de tristeza que no era del todo agobiante, ni del todo desesperada. Recuerdo haber tenido casi la esperanza de que un cambio mejor fuera posible dentro de mí.
Entré en el valle cuando el sol vespertino brillaba en las remotas cumbres de nieve que lo cerraban como nubes eternas. Las bases de las montañas que formaban el desfiladero donde se encontraba el pequeño pueblo eran de un verde intenso; y, muy por encima de esta vegetación más suave, crecían bosques de abetos oscuros que surcaban los ventisqueros invernales, en forma de cuña, y contenían la avalancha. Por encima de ellos había cordillera tras cordillera de escarpadas rocas, roca gris, hielo brillante y suaves manchas de verde pasto, fundiéndose todas gradualmente con la nieve de la cumbre. Diseminadas aquí y allá en la ladera de la montaña —cada diminuto punto, un hogar—, había solitarias cabañas de madera, tan empequeñecidas por las alturas imponentes que parecían demasiado pequeñas para ser juguetes. Lo mismo ocurría con el caserío agrupado en el valle, con su puente de madera sobre el arroyo, donde este se precipitaba sobre rocas rotas y rugía entre los árboles. En el aire tranquilo se oía el eco de un canto lejano: voces de pastores; pero, al flotar una brillante nube vespertina a media altura de la montaña, casi habría podido creer que provenía de allí y que no era música terrenal. De repente, en medio de esta serenidad, la gran Naturaleza me habló; ¡y me consoló hasta el punto de hacer que apoyara mi cansada cabeza en la hierba y llorara como no había llorado todavía desde que Dora murió!
Había encontrado un paquete de cartas que me aguardaba pocos minutos antes, y había salido a pasear fuera de la aldea para leerlas mientras se preparaba mi cena. Otros envíos no me habían llegado, y hacía mucho que no recibía ninguno. Aparte de un par de líneas para decir que estaba bien y que