ve usted, le tiene tanto cariño a usted y a los suyos, y está tan acostumbrada a pensar únicamente en su propio país, que no sería muy justo dejarla marchar. Además de eso, hay alguien a quien ella cuida, amo Davy, que no se debe
—¡Pobre Ham! —dije.
—Mi buena hermana se encarga de su casa, ya ve, señora, y él le ha tomado mucho cariño —explicó el señor Peggotty para mejor información de mi tía—.
—Se sienta a hablar con él, con el espíritu tranquilo, cuando parece que no podría abrir los labios ante ningún otro. ¡Pobre muchacho! —dijo el señor Peggotty, moviendo la cabeza—, ¡no le queda tanto como para poder prescindir de lo poco que tiene!