Los emigrantes
Una cosa más tenía que hacer, antes de entregarme al impacto de estas emociones. Consistía en ocultar lo sucedido a quienes iban a marchar; y despedirlos en su viaje con feliz ignorancia. En esto, no había tiempo que perder.
Aquel mismo día por la noche, aparté a Mr. Micawber y le confié la misión de interponerse entre Mr. Peggotty y la noticia de la reciente catástrofe. Él asumió la tarea con celo, comprometiéndose a interceptar cualquier periódico a través del cual pudiera llegarle, de no mediar tales precauciones.
—Si llega hasta él, caballero —dijo el señor Micawber, golpeándose el pecho—, ¡primero tendrá que atravesar este cuerpo!
El señor Micawber, debo señalar, en su adaptación a un nuevo estado de sociedad, había adquirido un aire audaz de bucanero, no del todo ilegal, sino defensivo y presto. Uno lo habría tomado por un hijo de la naturaleza silvestre, habituado desde hace mucho a vivir fuera de los confines de la civilización, y a punto de regresar a sus salvajes lares nativos.
He had provided himself, among other things, with a complete suit of oilskin, and a straw hat with a very low crown, pitched or caulked on the outside. In this rough clothing, with a common mariner’s telescope under his arm, and a shrewd trick of casting up his eye at the sky as looking out for dirty weather, he was far more nautical, after his manner, than Mr. Peggotty. His whole family, if I may so express it, were cleared