De cómo Dora hace una larga serie de sorprendidos descubrimientos de que ha olvidado toda clase de pequeñeces; y de cómo todo el mundo corre por todas partes a buscarlas.
De cómo todas se cierran en torno a Dora, cuando al fin empieza a despedirse, pareciendo, con sus colores vivos y sus cintas, un macizo de flores.
De cómo mi querida queda casi sofocada entre las flores, y sale, riendo y llorando al mismo tiempo, a mis celosos brazos.
De cómo yo quería llevar a Jip (que ha de venir con nosotros), y Dora decía que no, que tenía que llevarlo ella, o si no, él pensaría que ella ya no lo quiere ahora que está casada, y se le romperá el corazón.
De cómo fuimos, del brazo, y Dora se detuvo, miró atrás y dijo: «¡Si alguna vez he sido grosera o desagradecida con alguien, no lo recuerdes!», y rompió a llorar.
De cómo ella nos saludaba con su manita, y de cómo nos íbamos una vez más.
De cómo ella se detenía otra vez, y miraba atrás, y corría hacia Agnes, y le daba a Agnes, por encima de todos los demás, sus últimos besos y despedidas.
Nos alejamos juntos, y despierto del sueño. ¡Por fin lo creo! ¡Es mi querida, querida esposita la que va a mi lado, a quien tanto amo!
—¿Estás feliz ahora, muchacho necio? —dice Dora—, ¿y seguro de que no te arrepientes?
He permanecido a un lado para ver pasar a los fantasmas de aquellos días. Se han ido, y reanudo el viaje de mi historia.