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nydus/David CopperfieldPublic
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LIX

—¡Dios mío, señor! —dijo el señor Chillip, examinándome con la cabeza inclinada hacia un lado—. ¿Y es el señor Copperfield, verdad? Bueno, señor, creo que lo habría reconocido si me hubiera tomado la libertad de mirarlo más de cerca. Hay un gran parecido entre usted y su pobre padre, señor.

—Nunca tuve la dicha de ver a mi padre —observé.

—Muy cierto, señor —dijo el señor Chillip, en un tono tranquilizador—. ¡Y muy de lamentar fue, por todos los motivos! No somos ignorantes, señor —dijo el señor Chillip, volviendo a menear lentamente su pequeña cabeza—, allá en nuestra parte del país, de su fama. Debe de haber gran agitación aquí, señor —dijo el señor Chillip, dándose golpecitos en la frente con el dedo índice—. ¡Debe de resultarle una ocupación agotadora, señor!

«¿Cuál es ahora su parte del país?», le pregunté, sentándome cerca de él.

—Me he establecido a pocas millas de Bury St. Edmund’s, caballero —dijo el señor Chillip—. Como la señora Chillip heredó una pequeña propiedad en ese vecindario por el testamento de su padre, compré una consulta médica por allí, en la cual, le alegrará saber que me va bien. Mi hija ya está hecha una muchacha bastante alta, caballero —dijo el señor Chillip, dándole a su pequeña cabeza otra pequeña sacudida—. Su madre le alargó la falda soltando dos dobladillos la semana pasada misma. ¡Así pasa el tiempo, ya ve usted, caballero!

Mientras el hombrecillo se llevaba a los labios su vaso ya vacío, al hacer esta reflexión, le propuse que se lo volviera a llenar y yo le haría compañía

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