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nydus/David CopperfieldPublic
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XVII. Alguien aparece

señalando que, por muy humildes que fueran, tenían sus afectos naturales, los cuales esperaban que no ofendieran a nadie. Era una habitación perfectamente decente, mitad salita y mitad cocina, pero nada acogedora. Los avíos del té estaban puestos sobre la mesa y la tetera hervía en el hogar. Había una cómoda con un escritorio en la parte superior, para que Uriah leyera o escribiera por las tardes; estaba la bolsa azul de Uriah, tirada y vomitando papeles; había un pelotón de libros de Uriah al mando del señor Tidd; había una alacena esquinera; y estaban los enseres habituales. No recuerdo que ningún objeto en particular tuviera un aspecto despojado, mezquino o escaso; pero sí recuerdo que todo el lugar lo tenía.

Era tal vez parte de la humildad de la señora Heep el que aún llevara luto cerrado.

A pesar del tiempo transcurrido desde el fallecimiento del señor Heep, seguía llevando luto cerrado.

Creo que había cierta concesión en la cofia; pero por lo demás iba tan embutida en luto como en los primeros días de su duelo.

—Este es un día para ser recordado, mi Uriah, estoy segura —dijo la señora Heep, preparando el té—, cuando el joven Copperfield nos hace una visita.

—Dije que usted pensaría lo mismo, madre —dijo Uriah.

“Si hubiera podido desear que mi padre permaneciera entre nosotros por algún motivo —dijo la señora Heep—, habría sido para que hubiera podido conocer su compañía esta tarde”.

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