Aquí casi se ahoga de risa.
—¡Que el Señor lo bendiga! —dijo el señor Omer, volviendo a tomar su pipa—; uno tiene que aceptar las buenas con las malas; a eso debe resignarse uno en esta vida. Joram tiene un negocio estupendo. ¡Ex-celente negocio!
—Me alegra mucho oírlo —dije.
—Ya sabía yo que lo estaría —dijo el señor Omer—. Y Joram y Minnie son como dos tortolitos. ¿Qué más puede pedir un hombre? ¡Qué le importan las piernas a uno ante eso!
Su soberbio desprecio por sus propias extremidades, mientras se sentaba a fumar, era una de las rarezas más gratas que jamás haya encontrado.
—Y desde que yo me he dado a la lectura general, usted se ha dado a la escritura general, ¿eh, señor? —dijo el señor Omer, mirándome con admiración—. ¡Qué obra tan hermosa fue esa suya! ¡Qué expresiones tiene! La leí de cabo a cabo, palabra por palabra. ¡Y lo de que dé sueño! ¡De eso nada!
Expresé mi satisfacción entre risas, pero debo confesar que esta asociación de ideas me pareció significativa.
—Le doy mi palabra y mi honor, caballero —dijo el señor Omer—, de que cuando pongo ese libro sobre la mesa y lo miro por fuera; compacto en tres separtadas e indi-wi-duales wollúmenes —uno, dos, tres—, me siento más orgulloso que un tonto al pensar que alguna vez tuve el honor de estar emparentado con su familia. Y válgame Dios, hace ya mucho tiempo de aquello, ¿verdad? Allá en Blunderstone. Con un lindo partidito enterrado junto al otro partidito. Y usted entonces un partidito de nada, ¡Válgame Dios!