como había mirado cuando vi por última vez su dulce rostro. Recuerdo cómo el sentimiento solemne con el que al fin aparté los ojos dio paso a la sensación de gratitud y descanso que la vista de la cama de cortinas blancas —¡y cuánto más el recostarme suavemente en ella, acurrucándome entre las sábanas blancas como la nieve!— inspiraba. Recuerdo cómo pensé en todos los lugares solitarios bajo el cielo nocturno donde había dormido, y cómo rogué no volver a quedarme sin techo nunca más, y no olvidar jamás a los desamparados. Recuerdo cómo pareció entonces que flotaba, por la melancólica gloria de aquella estela sobre el mar, adentrándome en el mundo de los sueños.
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XIII. La continuación de mi resolución
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