Así que, cuando una vez le pregunté a Dora, pensando en el libro de cocina, qué haría si estuviéramos casados y yo le dijera que me gustaría un buen estofado irlandés, ella respondió que le diría a la criada que lo hiciera; y luego juntó sus manitas sobre mi brazo y se rio de un modo tan encantador que resultó más deliciosa que nunca.
Por consiguiente, el principal uso al que se dedicaba el libro de cocina era servir de tarima en un rincón para que Jip se subiera encima.
Pero Dora se puso tan contenta cuando logró enseñarle a quedarse de pie sin intentar bajarse y, al mismo tiempo, a sostener el portaminas en la boca, que me alegré mucho de haberlo comprado.
Y volvíamos a la funda de la guitarra, y a la pintura de flores, y a las canciones sobre no dejar de bailar, ¡Tarán, tam, tam!, y éramos tan felices como una perdiz.
Ocasionalmente deseaba poder atreverme a insinuarle a la señorita Lavinia que trataba al objeto de mi amor un poco demasiado como a un juguete; y a veces despertaba, por decirlo así, al extrañarme de haber caído en el error general y de haberla tratado como a un juguete también, aunque no a menudo.