tuve grandes recelos. Hallé una moda tan imperante en la forma de la penitencia, como la que había dejado afuera en los modelos de abrigos y chalecos en los escaparates de las sastrerías. Encontré una enorme cantidad de declaraciones, que variaban muy poco en su carácter; que variaban muy poco (lo cual me parecía sumamente sospechoso), incluso en las palabras. Encontré una gran cantidad de zorros que despreciaban viñedos enteros de uvas inaccesibles; pero hallé muy pocos zorros a los que hubiera confiado al alcance de un racimo. Por encima de todo, descubrí que los hombres más declarativos eran los que despertaban mayor interés; y que su presunción, su vanidad, su falta de emociones y su amor por el engaño (que muchos de ellos poseían en un grado casi increíble, como lo demostraban sus historias), los impulsaban a todas estas declaraciones y se veían todos colmados por ellas.
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