duelo con el señor Pickle en el salón de la pequeña taberna de nuestro pueblo.
El lector comprende ahora tan bien como yo lo que era cuando llegué a aquel punto de mi historia juvenil al que vuelvo ahora.
Una mañana, cuando entré en la salita con mis libros, encontré a mi madre con aspecto preocupado, a la señorita Murdstone con aire inflexible y al señor Murdstone atando algo alrededor del extremo de una vara —una vara flexible y elástica, que dejó de atar cuando entré, y que balanceó y sacudió en el aire.
—Te digo, Clara —dijo el señor Murdstone—, que a mí mismo me han azotado a menudo.
—Ciertamente; por supuesto —dijo la señorita Murdstone.
—Ciertamente, mi querida Jane —balbució mi madre con docilidad—. Pero... pero ¿crees que le hizo bien a Edward?
—¿Crees que le hizo daño a Edward, Clara? —preguntó el señor Murdstone, con gravedad.
—Ese es el punto —dijo su hermana.
A esto replicó mi madre: «Claro que sí, querida Jane», y no añadió nada más.
Me sentía inquieto por estar personalmente interesado en este diálogo, y busqué la mirada del señor Murdstone cuando se posó en la mía.
—Ahora, David —dijo (y volví a verle hacer esa mueca al decirlo)—, hoy debes tener mucho más cuidado que de costumbre.