Me quedé muy impresionado al enterarme de este melancólico accidente, y dije que creía que era mejor tomar un poco de agua.
—Pues verá —dijo el camarero, mirando todavía la luz a través del vaso con un ojo cerrado—, a nuestra gente no le gusta que se pidan las cosas y se dejen. Les ofende. Pero yo me lo beberé, si quiere. Estoy acostumbrado, y la costumbre lo es todo. No creo que me haga daño si echo la cabeza hacia atrás y me lo tomo de un trago. ¿Lo hago?
Le respondí que me haría un gran favor bebiéndolo, si creía que podía hacerlo sin peligro, pero que de ningún modo lo hiciera de otro modo.
Cuando echó la cabeza hacia atrás y se lo tragó de golpe, confieso que sentí el horrible temor de verle correr la suerte del difunto señor Topsawyer y caer sin vida sobre la alfombra.
Pero no le hizo daño. Al contrario, me pareció que cobraba nuevos ánimos con ello.
—¿Qué tenemos aquí? —dijo, clavando un tenedor en mi plato—. ¿No serán chuletas?
—Chuletas —dije.
—¡Santo Dios bendito! —exclamó—, no sabía que eran chuletas. ¡Vaya, una chuleta es justo lo que necesito para quitarme los malos efectos de esa cerveza! ¿A que es una suerte?
Así que tomó una chuleta por el hueso en una mano, y una papa en la otra, y se puso a comer con muchísimo apetito, para mi extrema satisfacción. Tomó después otra chuleta y otra papa; y tras eso, otra chuleta y otra papa.