Una disolución de sociedad
No dejé que mi propósito respecto a los debates parlamentarios se enfriara. Fue uno de los hierros que empecé a calentar de inmediato, y uno de los hierros que mantuve calientes y sobre los que batí con una perseverancia que honestamente puedo admirar.
Compré un método aprobado del noble arte y misterio de la estenografía (que me costó diez chelines y seis peniques); y me sumergí en un mar de perplejidad que me llevó, en pocas semanas, a las puertas de la locura.
Los cambios que se hacían sonar a base de puntos, que en tal posición significaban tal cosa, y en tal otra algo totalmente diferente; los maravillosos caprichos que se ejecutaban con círculos; las inexplicables consecuencias que resultaban de marcas parecidas a patas de mosca; los tremebundos efectos de una curva en un lugar equivocado; no solo turbaban mis horas de vigilia, sino que reaparecían ante mí en mis sueños.
Cuando me hube abierto camino, a ciegas, a través de estas dificultades, y hube dominado el abecedario, que era un templo egipcio en sí mismo, apareció entonces una procesión de nuevos horrores, llamados caracteres arbitrarios; los caracteres más despóticos que he conocido jamás; los cuales se empeñaban, por ejemplo, en que algo parecido al principio de una telaraña significaba expectativa, y en que un cohete de pluma y tinta equivalía a desventajoso.