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nydus/David CopperfieldPublic
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LVII. Los emigrantes

Por el vistazo que eché a aquellas operaciones, diría que jamás había visto cuentas semejantes fuera de un cuaderno de aritmética escolar. Estas, al parecer, eran cálculos de interés compuesto sobre lo que él llamaba «el principal de cuarenta y uno, diez, once y medio», por varios períodos. Tras un detenido examen de todo ello y un cálculo minucioso de sus recursos, había llegado a la conclusión de elegir aquella cantidad que representaba el importe con el interés compuesto a dos años, quince meses de calendario y catorce días a partir de aquella fecha. Para ello había redactado un pagaré con gran pulcritud, que entregó a Traddles en el acto, como liquidación total de su deuda (de hombre a hombre), con numerosas muestras de agradecimiento.

—Todavía tengo el presentimiento —dijo la señora Micawber, sacudiendo la cabeza pensativa—, de que mi familia aparecerá a bordo antes de que partamos definitivamente.

El señor Micawber evidentemente también tenía su presentimiento al respecto, pero se lo tragó sin decir esta boca es mía.

—Si tiene alguna oportunidad de enviar cartas a casa durante la travesía, señora Micawber —dijo mi tía—, debe hacernos saber de usted, ya sabe.

—Querida señorita Trotwood —respondió—, estaré más que encantada de pensar que alguien espera noticias nuestras. No dejaré de escribir. El señor Copperfield, confío, como viejo y conocido amigo, no tendrá inconveniente en recibir ocasionalmente noticias, él mismo, de alguien que lo conoció cuando los gemelos aún no tenían uso de razón.

Le dije que esperaba tener noticias suyas siempre que tuviera la oportunidad de escribir.

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