Todo el día siguiente lo pasó ocupado en deshacerse de su barca de pesca y sus aparejos; en empaquetar y enviar a Londres en carro aquellas pocas pertenencias domésticas que creía que le serían útiles, y en desprenderse del resto o regalárselo a la señora Gummidge.
Estuvo con él todo el día. Como tenía el triste deseo de ver el viejo lugar una vez más, antes de que lo cerraran, quedé en reunirme con ellos allí por la noche. Pero lo dispuse de tal manera que me encontraría primero con Ham.
Era fácil cruzarse en su camino, pues yo sabía dónde trabajaba. Fui a su encuentro en una zona apartada de la playa que sabía que él solía cruzar, y di la vuelta para caminar con él, a fin de que tuviera tiempo de hablarme si de verdad lo deseaba. No me había equivocado en la expresión de su rostro. Apenas habíamos andado un trecho juntos cuando me dijo, sin mirarme:
—¿Mas’r Davy, la has visto?
—Solo por un momento, cuando estaba desmayada —respondí con suavidad.
Caminamos un poco más y él dijo:
–¿Mas’r Davy, cree que la verá?
—Tal vez le resultaría demasiado doloroso —dije yo.
—Ya lo he pensado —respondió—. Así sería, señor, así sería.
—Pero, Ham —le dije con suavidad—, si hay algo que pudiera escribirle de tu parte, por si acaso yo no pudiera decírselo; si hay algo que desearas hacerle llegar por mi conducto, lo consideraría un sagrado encargo.