han vendido por menos de la mitad de su valor, y el juego de coral, que fue el regalo de bodas de papá, prácticamente ha sido regalado a cambio de nada. Pero jamás abandonaré al señor Micawber. ¡Jamás! —exclamó la señora Micawber, más conmovida que antes—; ¡nunca lo haré! ¡Es inútil que me lo pidan!
Me sentí bastante incómodo—¡como si la señora Micawber supusiera que yo le había pedido algo semejante!— y me quedé mirándola con alarma.
—El señor Micawber tiene sus defectos. No niego que sea imprudente. No niego que me haya mantenido en la oscuridad respecto a sus recursos y a sus deudas por igual —continuó, mirando a la pared—; ¡pero jamás abandonaré al señor Micawber!