también los compromisos de Ham. Cuando este último estaba desocupado, a veces venía a pasear con nosotros para enseñarnos los botes y los barcos, y una o dos veces nos llevó a remar. No sé por qué un pequeño grupo de impresiones ha de quedar más particularmente asociado a un lugar que otro, aunque creo que esto le ocurre a la mayoría de la gente, especialmente en lo que se refiere a los recuerdos de su infancia. Nunca oigo ni leo el nombre de Yarmouth sin que me venga a la memoria cierta mañana de domingo en la playa, con las campanas llamando a misa, la pequeña Em’ly apoyada en mi hombro, Ham arrojando perezosamente piedras al agua, y el sol, allá en alta mar, abriéndose paso entre la densa bruma y mostrándonos los barcos, como si fueran sus propias sombras.
Por fin llegó el día de volver a casa. Resistí la separación del señor Peggotty y la señora Gummidge, pero la agonía mental que me causaba dejar a la pequeña Em'ly era desgarradora. Fuimos del brazo hasta la posada donde paraba el transportista, y le prometí por el camino que le escribiría. (Cumplí esa promesa más tarde, con unos caracteres más grandes que los de los carteles manuscritos en los que se anuncia que se alquilan apartamentos). Nos conmovimos mucho al despedirnos; y si alguna vez en mi vida se me ha abierto un vacío en el corazón, aquel día se me abrió uno.
Ahora bien, durante todo el tiempo que duró mi visita, había vuelto a ser ingrata con mi hogar, y apenas había pensado en él, o no había pensado en absoluto. Pero no bien hube vuelto el rostro hacia él, cuando mi reprochadora conciencia infantil pareció señalar en esa dirección con un dedo dispuesto; y sentí, tanto más debido al decaimiento de mi ánimo, que aquel era mi nido, y que mi madre era mi consoladora y amiga.