quizá como pretendiente— habría sido un opiáceo de lo más reconfortante.
Muy bien satisfecho con el carácter soñador de este retiro, le comuniqué a Mr. Spenlow que ya había visto suficiente por esa vez, y nos reunimos de nuevo con mi tía; en cuya compañía salí poco después de los Tribunales, sintiéndome muy joven al marcharme de la oficina de Spenlow y Jorkins, debido a que los dependientes se daban codos con las plumas para señalarme.
Llegamos a Lincoln’s Inn Fields sin más novedades que la de habernos encontrado con un desdichado burro en el carro de un vendedor ambulante, lo que le trajo a mi tía dolorosos recuerdos.
Tuvimos otra larga charla sobre mis planes, una vez que estuvimos a buen recaudo en la casa; y como sabía que estaba deseando volver a casa y que, entre el fuego, la comida y los carteristas, jamás lograba estar tranquila ni media hora en Londres, le rogué que no se preocupara por mí, sino que me dejara valerme por mí mismo.
—No hará mañana una semana que estoy aquí sin haber pensado también en eso, querido —respondió ella—. Hay un pequeño conjunto de habitaciones amuebladas en alquiler en el Adelphi, Trot, que te vendría como anillo al dedo.
Con esta breve introducción, sacó de su bolsillo un anuncio, cuidadosamente recortado de un periódico, que explicaba que en Buckingham Street, en el Adelphi, se alquilaba amueblado, con vistas al río, un conjunto de aposentos singularmente apetecible y compacto, que constituían una residencia distinguida para un joven caballero, miembro de una de las Inns of Court, o de cualquier otra condición, con disponibilidad inmediata.
Condiciones moderadas, y se podía tomar por un mes solamente, de ser necesario.