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nydus/David CopperfieldPublic
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XIII. La continuación de mi resolución

—¿Qué hacer con el hijo de David? —dijo el Sr. Dick.

—Ay —replicó mi tía—, con el hijo de David.

“¡Oh! —dijo el señor Dick—. Sí. ¿Hacer con...? Yo lo acostaría”.

—¡Janet! —exclamó mi tía, con la misma satisfacción complaciente que yo había notado antes—. El señor Dick nos saca a todos de apuros. Si la cama está lista, vamos a subirlo.

Habiendo comunicado Janet que estaba ya listo, me llevaron a él; con amabilidad, pero de algún modo como a un prisionero; mi tía marchando al frente y Janet cerrando la marcha.

La única circunstancia que me dio alguna nueva esperanza fue que mi tía se detuvo en las escaleras para preguntar por cierto olor a quemado que flotaba en el ambiente, y que Janet le respondió que había estado preparando yesca en la cocina con mi vieja camisa.

Pero en mi habitación no había otras ropas que el extraño montón de prendas que llevaba puesto; y cuando me dejaron allí, con una pequeña vela de cera que mi tía me advirtió que ardería exactamente cinco minutos, los oí echar la llave por fuera.

Dándole vueltas a todo esto en la cabeza, juzgué posible que mi tía, que no podía saber nada de mí, sospechara que tenía la costumbre de escaparme y tomara precauciones, por ese motivo, para tenerme bien vigilado.

La habitación era agradable, en lo alto de la casa, con vistas al mar, sobre el que brillaba intensamente la luz de la luna. Después de haber rezado y de haberse apagado la vela, recuerdo cómo seguí sentado mirando la luz de la luna en el agua, como si tuviera la esperanza de leer mi destino en ella, como en un libro brillante; o de ver a mi madre con su hijo, viniendo del Cielo, por aquel sendero resplandeciente, para mirarme

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