Fue en mi paseo a casa aquella noche, y en las horas de insomnio que siguieron cuando yacía en la cama, donde se me ocurrió por primera vez el pensamiento —aunque no sé cómo se me metió en la cabeza— que más tarde se transformó en una firme resolución.
Me había acostumbrado tanto a los Micawber, y había estado tan íntimamente unido a ellos en sus tribulaciones, y me encontraba tan completamente desamparado sin ellos, que la perspectiva de verme obligado a buscar otro nuevo arreglo para alojarme, y de ir una vez más entre gente desconocida, era como ser arrojado en ese mismo instante a mi vida actual, pero con el conocimiento de ella ya adquirido que la experiencia me había dado.
Todos los sentimientos sensibles que hería con tanta crueldad, toda la vergüenza y la miseria que mantenía vivas en mi pecho, se hacían más punzantes al pensar en esto; y decidí que aquella vida era insoportable.
Que no había esperanza de escapar de aquello, a menos que la huida fuera obra mía, lo sabía muy bien.
Raras veces sabía de la señorita Murdstone, y nunca del señor Murdstone; pero habían llegado para mí dos o tres paquetes de ropa hecha o arreglada, consignados al señor Quinion, y en cada uno había un trozo de papel que decía que J. M. confiaba en que D. C. se aplicaba al negocio y se dedicaba por completo a sus obligaciones —ni la más mínima insinuación de que yo pudiera llegar a ser algo más que el común sirviente en el que me estaba convirtiendo a pasos agigantados.
El día siguiente mismo me demostró, mientras mi mente se hallaba en la primera agitación de lo que había concebido, que la señora Micawber no había hablado de su marcha sin motivo. Tomaron un alojamiento en la casa donde yo vivía, por una semana; al término de la cual debían partir hacia Plymouth. El propio señor Micawber bajó al despacho, por la