El señor Micawber quedó muy conmovido por estas palabras amistosas y por volver a encontrar la mano del señor Dick entre las suyas.
«Ha sido mi destino —observó—, en el variado panorama de la existencia humana, tropezar con algún que otro oasis, ¡pero jamás con uno tan verde, tan caudaloso, como el presente!».
En otro momento esto me habría divertido; pero sentí que todos estábamos cohibidos e inquietos, y observé al señor Micawber con tanta ansiedad, en sus vacilaciones entre una evidente disposición a revelar algo y una contra-disposición a no revelar nada, que estaba hecho una verdadera fiera. Traddles, sentado en el borde de su silla, con los ojos muy abiertos y el cabello más enfáticamente erecto que nunca, miraba alternativamente al suelo y al señor Micawber,