Sin embargo, al rechazar esta sugerencia con una sacudida de cabeza y confirmar una vez más su petición anterior diciendo, con profunda gravedad: «Barkis quiere. Ese es el recado», me encargué gustoso de transmitirlo.
Mientras esperaba el carruaje en el hotel de Yarmouth esa misma tarde, conseguí una hoja de papel y un tintero, y le escribí una nota a Peggotty que decía así:
«Mi querida Peggotty. He llegado aquí bien. Barkis quiere. Un abrazo a mamá. Tuyo afectísimo. P.S. Dice que le importa mucho que sepas que: Barkis quiere».
Cuando hube asumido este encargo de antemano, el señor Barkis recayó en un perfecto silencio; y yo, sintiéndome bastante agotado por todo lo que había pasado últimamente, me tendí sobre un saco en el carro y me quedé dormido.
Dormí profundamente hasta que llegamos a Yarmouth; la cual era tan completamente nueva y extraña para mí en el patio de la posada al que nos dirigimos, que de inmediato abandoné una esperanza latente que había tenido de encontrarme allí con algo de la familia del señor Peggotty, tal vez incluso con la pequeña Em’ly misma.
El carruaje estaba en el patio, brillando muchísimo por todas partes, pero sin caballos todavía; y en ese estado parecía que no había nada más improbable que el hecho de que llegara a Londres.
Iba yo pensando en esto, y preguntándome qué sería en definitiva de mi baúl, que el señor Barkis había dejado en el empedrado del patio junto a la lanza (pues había entrado con el carro en el patio para dar la vuelta), y también qué sería en definitiva de mí, cuando una señora se asomó a un mirador acristalado donde colgaban algunas aves de corral y piezas de carne, y dijo: