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nydus/David CopperfieldPublic
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XLV. El señor Dick cumple las predicciones de mi tía

a mi tía y a Dora de vuelta a casa.

—¡Ni una palabra, muchacho! —prosiguió en un susurro—; échale toda la culpa a Dick, al inocente Dick, al loco Dick. Llevo un tiempo pensando, señor, que me estaba dando, y ahora ya me ha dado. Después de lo que me ha dicho, estoy seguro de que me ha dado. ¡Todo en orden!

Ni una palabra más pronunció el señor Dick sobre el asunto; pero se convirtió en una auténtica torre de señales durante la media hora siguiente (para gran zozobra del ánimo de mi tía), a fin de encarecerme el más inviolable secreto.

Para mi sorpresa, no volví a saber nada al respecto durante unas dos o tres semanas, aunque me interesaba bastante el resultado de sus gestiones; pues advertía un extraño destello de buen juicio —no hablo de buen sentimiento, porque eso siempre lo demostró— en la conclusión a la que había llegado. Al fin comencé a creer que, en su estado mental volátil e inestable, o bien había olvidado su propósito o lo había abandonado.

Una hermosa tarde, como Dora no tenía ganas de salir, mi tía y yo fuimos dando un paseo hasta la casita del Doctor. Era otoño, época en que no había debates que perturbasen la brisa vespertina; y recuerdo a qué hocicaban las hojas —como las de nuestro jardín en Blunderstone— al pisarlas, y cómo la vieja y desdichada sensación pareció esfumarse llevada por el viento suspirante.

Era el atardecer cuando llegamos a la casita. La señora Strong salía en ese momento del jardín, donde el señor Dick aún se entretenía, ocupado con su cuchillo, ayudando al jardinero a afilar unas estacas. El Doctor estaba ocupado con alguien en su estudio; pero el visitante se iría en seguida, dijo la señora Strong, y nos rogó que nos quedáramos a verlo.

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