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nydus/David CopperfieldPublic
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XIII. La continuación de mi resolución

Mis zapatos se hallaban a la sazón en un estado lamentable. Las suelas se habían desprendido pedazo a pedazo, y la piel de empeines y talones se había agrietado y reventado hasta que la forma misma de los zapatos había desaparecido de ellos. Mi sombrero (que también me había servido de gorro de dormir) estaba tan aplastado y abollado, que ninguna vieja cacerola abollada y sin mango sobre un muladar habría tenido de qué avergonzarse al competir con él. Mi camisa y mis pantalones, manchados de calor, rocío, hierba y de la tierra de Kent sobre la que había dormido —y además rasgados—, habrían podido espantar a los pájaros del jardín de mi tía, mientras yo estaba de pie ante la verja. Mi cabello no había conocido peine ni cepillo desde que salí de Londres. Mi rostro, cuello y manos, por la desacostumbrada exposición al aire y al sol, estaban tostados hasta adquirir un tono castaño oscuro. De la cabeza a los pies estaba cubierto de polvo de tiza y cal, casi tan blanco como si hubiera salido de un horno de cal. En semejante estado, y con plena conciencia de ello, aguardé para presentar causar mi primera impresión a mi formidable tía.

La ininterrumpida quietud de la ventana del salón principal, que me llevó a deducir, al cabo de un rato, que ella no estaba allí, hizo que alzara la vista hacia la ventana de arriba, donde vi a un caballero rubicundo y de aspecto agradable, con la cabeza cana, que guiñó un ojo de manera grotesca, me asintió con la cabeza varias veces, la negó otras tantas, se rio y se marchó.

Ya estaba bastante desconcertado antes; pero lo estuve mucho más por este comportamiento inesperado, de modo que estaba a punto de escabullirme para pensar en cómo debía proceder, cuando salió de la casa una dama con un pañuelo atado sobre el gorro, un par de guantes de jardinería en las manos, un bolsillo de jardinero parecido al delantal de un cobrador de peaje y un gran cuchillo. La reconocí inmediatamente como la tía Betsey, pues salió pavoneándose de la casa exactamente como mi pobre madre la había

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