El caminante
Tuvimos una conversación muy seria en Buckingham Street aquella noche, sobre los sucesos domésticos que he detallado en el último capítulo.
Mi tía se sintió profundamente interesada por ellos y estuvo paseando de un lado a otro de la habitación con los brazos cruzados durante más de dos horas. Siempre que se encontraba especialmente contrariada, llevaba a cabo una de estas proezas peatonales; y el grado de su zozobra podía medirse siempre por la duración de su caminata.
En esta ocasión estaba tan alterada de espíritu que le pareció necesario abrir la puerta del dormitorio y trazar un recorrido para sí misma que abarcaba toda la extensión de las habitaciones de pared a pared; y mientras el señor Dick y yo nos sentábamos tranquilamente junto al fuego, ella seguía pasando de dentro afuera, a lo largo de este trayecto medido, a un ritmo invariable y con la regularidad del péndulo de un reloj.
Cuando el señor Dick se marchó a la cama y mi tía y yo nos quedamos a solas, me senté a escribir mi carta a las dos buenas señoras. A esas alturas ella ya estaba cansada de tanto caminar y se sentaba junto al fuego con las faldas retorcidas como de costumbre. Pero en vez de adoptar su postura habitual, sosteniendo el vaso sobre las rodillas, dejó que este reposara olvidado en la repisa de la chimenea; y, apoyando el codo izquierdo sobre el brazo derecho y la barbilla en la mano izquierda, me miró pensativa. Cada vez que levantaba los ojos de lo que estaba haciendo, me encontraba con los suyos.