habitaciones para viajeros» colgado afuera, me habían tentado; pero temía gastar los pocos centavos que me quedaban y temía aún más las miradas aviesas de los vagabundos con los que me había cruzado o a los que había adelantado. No busqué, por tanto, más amparo que el cielo; y tras esforzarme hasta llegar a Chatham —que, con el aspecto que tenía aquella noche, no es más que un sueño de creta, puentes levadizos y barcos sin mástil en un río fangoso, con techos como arcas de Noé—, me arrastré al fin hasta una especie de batería cubierta de hierba que daba a un callejón, por donde un centinela caminaba de un lado a otro. Allí me tumbé, cerca de un cañón; y, feliz en compañía de los pasos del centinela —aunque este no sabía más de mi presencia sobre él que la que los chicos de Salem House habían sabido de cuando yo yacía junto al muro—, dormí profundamente hasta la mañana.
Muy rígido y dolorido de pies amanecí por la mañana, y bastante aturdido por el redoblar de tambores y el paso de tropas, que parecían cercarme por todas partes cuando bajé hacia la calle larga y estrecha.
Sintiendo que solo podría avanzar un trecho muy corto ese día, si había de reservar algo de fuerzas para llegar al final de mi viaje, resolví hacer de la venta de mi chaqueta mi ocupación principal.
En consecuencia, me quité la chaqueta, para aprender a prescindir de ella; y llevándola bajo el brazo, inicié una gira de inspección por las diversas tiendas de ropa hecha.
Era un lugar propicio para vender una chaqueta; pues los comerciantes de ropa usada eran numerosos y, por lo general, aguardaban a los clientes en las puertas de sus tiendas.
Pero como la mayoría de ellos tenía colgada entre sus existencias alguna casaca de oficial, con charreteras y todo, la naturaleza costosa de sus transacciones me intimidó, y estuve dando vueltas durante mucho tiempo sin ofrecer mi mercancía a nadie.