pongo. El caso es tan desesperado, y siento que estoy revolcándome en semejante ciénaga de disparates, que abandona toda idea de salir y me entrego a mi destino. El modo desesperado en que mi madre y yo nos miramos, mientras yo sigo metiendo la pata, es verdaderamente melancólico. Pero el mayor efecto en estas lecciones miserables se produce cuando mi madre (creyendo que nadie la observa) intenta darme la réplica con el movimiento de sus labios. En ese instante, la señorita Murdstone, que no ha estado acechando otra cosa en todo este tiempo, dice con voz profunda y amenazante:
“¡Clara!”
Mi madre se sobresalta, se sonroja y sonríe levemente.
El señor Murdstone se levanta de su silla, toma el libro, me lo arroja o me da un bofetón con él, y me echa de la habitación cogiéndome por los hombros.
Aun cuando las lecciones han terminado, lo peor está por suceder, en forma de una suma espantosa. Esta me la inventa y me la dicta oralmente el señor Murdstone, y empieza así: «Si voy a la tienda de un quesero y compro cinco mil quesos de doble Gloucester a cuatro peniques y medio cada uno, pago al contado»—momento en el que veo a la señorita Murdstone secretamente regocijada. Me devano los sesos con estos quesos sin ningún resultado ni iluminación hasta la hora de cenar, momento en el que, habiéndome puesto como un mulato al meterme la mugre de la pizarra en los poros de la piel, me dan una rebanada de pan para ayudarme con los quesos, y se me considera en desgracia el resto de la tarde.
Me parece, a esta distancia en el tiempo, que mis infelices estudios seguían por lo general este curso. Me habría ido muy bien de no haber