Buenos y malos ángeles
Salía por la puerta la mañana después de aquel deplorable día de dolor de cabeza, náuseas y arrepentimiento, con una extraña confusión en la mente en lo relativo a la fecha de mi cena, como si una tribu de titanes hubiera tomado una palanca enorme y hubiera empujado anteayer unos meses atrás, cuando vi subir a un mozo de recados con una carta en la mano. Se lo estaba tomando con calma; pero, al verme en lo alto de la escalera, mirándolo por encima de la barandilla, se puso a trotar y subió jadeando como si hubiera corrido hasta el agotamiento.
«T. Copperfield, Esquire», dijo el mozo de la estación, tocándose el sombrero con su bastoncito.
Apenas podía atribuirme el nombre: estaba tan turbado por el convencimiento de que la carta venía de Agnes.
Sin embargo, le dije que era el esquire T. Copperfield, y me creyó, y me entregó la carta, la cual, según dijo, requería respuesta.
Lo dejé fuera, en el descansillo, esperando la respuesta, y entré de nuevo en mis aposentos, en un estado de tal nerviosismo que me vi obligado a dejar la carta sobre la mesa del desayuno y familiarizarme un poco con el exterior antes de decidirme a romper el sello.
Descubrí, al abrirla, que era una nota muy amable, que no contenía ninguna referencia a mi estado en el teatro. Todo lo que decía era: > «Mi querido Trotwood. Me estoy hospedando en la casa del agente de papá, el señor Waterbrook, en Ely