En su propio viejo lugar se sentaba Peggotty, una vez más, pareciendo (salvo por su vestido) como si nunca lo hubiera abandonado. Ya había recurrido de nuevo a la compañía del costurero con la catedral de San Pablo en la tapa, la cinta métrica de la casita y el trocito de vela de cera; y allí estaban todos, exactamente como si nunca hubieran sido molestados. La señora Gummidge parecía estar afligiéndose un poco, en su rincón de siempre; y, en consecuencia, parecía también de lo más natural.
—¡Eres el primero del grupo, amo Davy! —dijo el señor Peggotty con cara de felicidad—. No te quedes con ese abrigo puesto, hijo, si está mojado.
—Gracias, señor Peggotty —le dije, dándole mi abrigo para que lo colgase—. Está completamente seco.
—¡Pues sí! —dijo el señor Peggotty, palpándome los hombros—. ¡Más tieso que un junquillo! Sientaos, señor. De nada sirve andar con bienvenidas con vos, pero sois bienvenido, de todo corazón y con toda el alma.
“Gracias, señor Peggotty, de eso estoy seguro. ¡Vaya, Peggotty!”, dije dándole un beso. “¿Y cómo estás, vieja amiga?”.
—¡Ja, ja! —rió el señor Peggotty, sentándose a nuestro lado y frotándose las manos con la sensación de alivio tras el reciente apuro, y con la bondad genuina de su naturaleza—; ¡no hay mujer en el mudo, señor —como yo le digo— que tenga por qué estar más tranquila de conciencia que ella! Ella cumplió con su deber hacia el difunto, y el difunto lo sabía; y el difunto hizo lo que debía con ella, como ella hizo lo que debía con el difunto; —y —y —y ¡está todo bien!
La señora Gummidge soltó un gemido.
—¡Ánimo, mi bonita mamasita! —dijo el señor Peggotty—. (Pero sacudió la cabeza hacia nosotros, visiblemente consciente de la tendencia