probado bocado en toda la noche y que, si me permitía comprar algo de comer, se lo agradecería muchísimo. Pareció sorprenderse con esto —lo veo detenerse y mirarme ahora— y, tras pensarlo unos momentos, dijo que necesitaba visitar a una anciana que vivía no muy lejos, y que lo mejor sería que yo comprara un poco de pan, o lo que más me gustara que fuera saludable, y desayunara en su casa, donde podríamos conseguir algo de leche.
Por consiguiente, nos asomamos al escaparate de una panadería y, después de que yo le hiciera una serie de propuestas para comprar todo lo que era bilioso de la tienda y él las hubiera rechazado una por una, nos decidimos por una linda hogacita de pan moreno que me costó tres peniques.
Luego, en una tienda de comestibles, compramos un huevo y una loncha de tocino veteado; lo que aún dejaba lo que a mí me parecía una buena cantidad de cambio del segundo de los brillantes chelines, y me hizo considerar que Londres era un lugar muy barato.
Provisiones hechas, continuamos entre un gran ruido y alboroto que confundía mi cansada cabeza más allá de toda descripción, y cruzamos un puente que, sin duda, era el Puente de Londres (de hecho creo que él me lo dijo, pero yo estaba medio dormido), hasta que llegamos a la casa de la persona pobre, que era parte de unos asilos, como supe por su aspecto y por una inscripción en una piedra sobre la puerta que decía que habían sido establecidos para veinticinco mujeres pobres.
El amo de Salem House levantó el picaporte de una de tantas puertecitas negras e iguales entre sí, cada una de las cuales tenía a un lado una ventanita de vidrios en rombo, y arriba otra ventanita también de vidrios en rombo; y entramos en la casita de una de aquellas pobres ancianas, que soplaba el fuego para hacer hervir una cacerolita.