corazón de Mrs. Micawber, que las deudas no habían logrado ahogar en todos aquellos largos años.
—Bien, señor y señora Micawber —fue el primer saludo de mi tía una vez que estuvimos sentados—. Díganme, ¿han pensado en aquella propuesta mía de emigración?
—Estimada señora —replicó el señor Micawber—, quizá no pueda expresar mejor la conclusión a la que la señora Micawber, su más humilde servidor, y debo añadir que nuestros hijos, hemos llegado conjunta y separadamente, que tomando prestadas las palabras de un ilustre poeta para responder que nuestra barca está en la orilla y nuestro bajel está en el mar.
—Así es —dijo mi tía—. Auguro toda clase de cosas buenas a raíz de tu sensata decisión.
—Señora, nos hace usted un gran honor —replicó él. Luego consultó un memorando. > «Por lo que respecta a la ayuda pecuniaria para permitirnos botar nuestra frágil canoa en el océano de la empresa, he reconsiderado ese importante punto comercial y me atrevo a proponer mis pagarés —extendidos, sobra decirlo, en los timbres por los valores exigidos respectivamente por las diversas leyes del Parlamento aplicables a tales títulos— a dieciocho, veinticuatro y treinta meses. La propuesta que presenté originalmente era a doce, dieciocho y veinticuatro; pero me temo que tal disposición tal vez no conceda el tiempo suficiente para que surja la cantidad necesaria de... algo. Puede que —dijo el señor Micawber, mirando alrededor de la habitación como si esta representara varios cientos de acres de tierra altamente cultivada—, al vencer el