Otro grito se alzó en la orilla; y mirando hacia el naufragio, vimos la cruel vela, que golpe tras golpe derribaba al primero de los dos hombres, y se elevaba triunfante alrededor de la enérgica figura que quedaba sola en el mástil.
Contra semejante espectáculo, y contra una determinación como la de aquel hombre serena y desesperadamente decidido que ya estaba acostumbrado a guiar a la mitad de los presentes, habría podido suplicarle al viento con la misma esperanza.
—Mas’r Davy —dijo, cogiéndome alegremente de ambas manos—, si me ha llegado la hora, me ha llegado. Si no, la esperaré. ¡Que el Señor de allá arriba te bendiga, y bendiga a todos! ¡Compañeros, alistadme! ¡Me voy!
Me llevaron con suavidad, aunque con firmeza, a cierta distancia, donde la gente que me rodeaba me hizo detener; instándome, según comprendí confusamente, a que él estaba empeñado en partir, con ayuda o sin ella, y que yo pondría en peligro las precauciones tomadas para su seguridad si molestaba a quienes las tenían a su cargo.
No sé qué respondí ni qué replicaron ellos; pero vi agitación en la playa, y hombres que corrían con cuerdas desde un cabrestante que había allí, y adentrándose en un círculo de figuras que lo ocultaban de mi vista.
Entonces lo vi de pie, solo, con blusón y pantalón de marinero: una cuerda en la mano o atada a la muñeca; otra alrededor del cuerpo; y varios de los mejores hombres sujetando, a poca distancia, esta última, que él mismo disponía, floja sobre la orilla, a sus pies.